Esta mañana, esperaba a que el campanario del pueblecito donde me encuentro diera las diez, cuando ha empezado a sonar. Pero al tercer toque ya me he dado cuenta de que no era el tercer cuarto. He dejado lo que estaba haciendo y me he parado a escuchar. Era un toque extraño para mí, no lograba captarle el ritmo. Eso sí: era un toque lento, acompasado, ceremonioso, triste. Una nota alta, una más baja, otra intermedia, otra... y otra... y otra...
El día había amanecido nublado y una densa capa de calor me envolvía. A esa hora ya reina el bullicio en la ciudad, pero no aquí . El silencio era absoluto salvo por el resonar de las campanas. Creo que hoy ni los pájaros cantaban.
De repente se me ha puesto la piel de gallina. Ayer me enteré de que había fallecido una anciana de 100 años, y aquellas campanas lo anunciaban al pueblo entero. Era el famoso antiguo toque de difuntos.
Una extraña melancolía se ha apoderado de mí.
En este pueblo están enterrados gran parte de mis antepasados, y era como si esas campanas sonaran por ellos y me dieran la bienvenida (macabra bienvenida, pero para mí era dulce, amorosa...) ahora que he decidido venir aquí a rescatar su memoria.
Han sido unos instantes de profunda y extraña emoción, pues no conocía a la persona fallecida.
Me parece excelente que se conserve la tradición de utilizar las campanas para comunicar noticias a todo el pueblo. Espero que las nuevas tecnologías no acaben con esta práctica.
viernes, 9 de julio de 2010
jueves, 1 de julio de 2010
¿Todavía te decepciona la gente? Ilusa...
Pues sí, soy tan ilusa que todavía creo en la gente. Para empezar, si no he hecho ningún daño a nadie, ¿por qué voy a pensar que alguien me lo va a hacer a mí? Hasta que me lo hacen, más o menos consciente o inconscientemente. Y entonces me derrumbo. Y me flagelo. Ilusa. Estúpida. Inocente. A tu edad... ¿todavía con el lirio en la mano?
Envidia, soberbia, egoísmo, ineptitud, y a veces simple estupidez, por no decir maldad. Todo aflora algún día, en algún momento, y aquella persona a la que no sólo tenías en gran estima sino por la que sentías admiración en el instante menos pensado cae en alguna de estas trampas que todos llevamos dentro y zas, te la pega. La puñalada trapera.
Y una no aprende nunca. Y una está cada vez más cansada. Y una al final dice que se vayan todos allí donde huele mal, que es el lugar que les corresponde. Y una huye hacia otro lugar, en busca de una paz que sabe que no encontrará. Porque volverá a encontrarse con la envidia, la soberbia, el egoísmo, la ineptitud y a veces la simple estupidez por no decir maldad.
Porque en el fondo, una sabe que todo reside en una misma. Una sabe que allá adonde vaya estará siempre sola consigo misma. Una sabe que no hay nadie sino una misma. Y esto a veces da miedo.
Envidia, soberbia, egoísmo, ineptitud, y a veces simple estupidez, por no decir maldad. Todo aflora algún día, en algún momento, y aquella persona a la que no sólo tenías en gran estima sino por la que sentías admiración en el instante menos pensado cae en alguna de estas trampas que todos llevamos dentro y zas, te la pega. La puñalada trapera.
Y una no aprende nunca. Y una está cada vez más cansada. Y una al final dice que se vayan todos allí donde huele mal, que es el lugar que les corresponde. Y una huye hacia otro lugar, en busca de una paz que sabe que no encontrará. Porque volverá a encontrarse con la envidia, la soberbia, el egoísmo, la ineptitud y a veces la simple estupidez por no decir maldad.
Porque en el fondo, una sabe que todo reside en una misma. Una sabe que allá adonde vaya estará siempre sola consigo misma. Una sabe que no hay nadie sino una misma. Y esto a veces da miedo.
lunes, 17 de mayo de 2010
Sin noticias
¡Cuántos días sin escribir nada aquí! Lo echaba de menos, pero a veces las circunstancias nos superan, nos absorben, nos abducen... y nos llevan por caminos que nos alejan de lo que realmente queremos hacer. O tal vez nos provocan una desidia que nos impide hacerlo. Pero aquí estoy de nuevo aunque en estos momentos mi cerebro anda un poco liadillo y no está para largas parrafadas.
Volveré.
Volveré.
lunes, 19 de abril de 2010
Naturaleza vs economía y técnica y otras divagaciones
Aunque soy de temperamento nervioso y talante protestón, el cierre del aeropuerto de El Prat el domingo 18 de abril me pilló allí y no me dio el telele airado de otras ocasiones.
Tenía que ir a Granada en un vuelo que salía a las 7.30. A las 10 por fin anunciaron por megafonía que por razones de seguridad cerraban el aeropuerto. Me alegré. El cielo tenía un aspecto que, dadas las circunstancias, no resultaba muy atractivo para viajar en avión. Jamás me ha dado miedo el avión, pero si ayer me hubieran dejado embarcar no sé si lo habría hecho.
Aceptamos con resignación lo que no se podía remediar y he de decir que, en lo que a mí respecta, no tengo ninguna queja. En todo caso el que no hubieran cerrado el aeropuerto antes, en lugar de tenernos en la incertidumbre tanto tiempo (al menos los que estábamos allí desde tan temprano). Las maletas salieron enseguida. Las colas para cambiar de billete eran larguísimas, como es de suponer, pero mi compañía aérea, Vueling, iba repartiendo botellines de agua (no sé lo que hicieron las demás). En la cola nadie se quejaba: todo el mundo era consciente de que no había más culpable que el volcán.
Dos horas y media de cola dan para bastante: charlar con desconocidos, hacer amistades fugaces pero intensas en aquellos momentos y, sobre todo, pensar y reflexionar.
¿Qué pensé? Muchas cosas, por ejemplo, que si no se hubieran inventado los aviones no nos habríamos encontrado en aquella situación (jaja, en momentos así o te ríes o te haces el harakiri). La técnica avanza que es una barbaridad, creo que decía una zarzuela que mi padre escuchaba a menudo, pero no tiene en cuenta la Naturaleza. Claro, si el volcán de Islandia, de nombre impronunciable e imposible de recordar para mí, hacía unos 250 años que estaba quieto, ¿quién iba a pensar que un día de abril de 2010 daría señales de vida?
Y yo, en el fondo en el fondo me alegraba un poquitín de que la Naturaleza nos hubiera dado un toque de atención -y sin causar víctimas- para recordarnos su existencia y su poder sobre el hombre y todo lo que la técnica pueda crear.
También pensé que estamos tan acostumbrados a la comodidad que cuando la Naturaleza nos la arrebata nos rebelamos y no recordamos que todo tiene dos caras, como las monedas: ventajas e inconvenientes. Mala suerte si la erupción del volcán te pilló cuando tenías que viajar en avión.
Lo que sí me ha sacado de mis casillas esta mañana ha sido escuchar en la radio la noticia de que las compañías aéreas presionan a los aeropuertos para que abran debido a las grandes pérdidas económicas que este incidente representa para ellas y las nefastas consecuencias que va a tener en la (según dicen) incipiente recuperación de la economía mundial.
Es cierto que esto va a ocurrir. Y ha causado grandes inconvenientes a muchas personas. También ha servido para que algunos hayan hecho un negocio inesperado: los transportes por vía terrestre y los hoteles, por poner un ejemplo. Pero lo que me indigna -y me entristece- es vivir en una sociedad en la que el miedo a las pérdidas económicas prevalece sobre la seguridad de las personas, en la que la vida carece de valor o lo pierde ante el dinero. Me parece que estamos perdiendo el Norte, si no lo hemos perdido ya.
Y sí, más bien soy contraria a la técnica, por mucho que nos facilite la vida.
Tenía que ir a Granada en un vuelo que salía a las 7.30. A las 10 por fin anunciaron por megafonía que por razones de seguridad cerraban el aeropuerto. Me alegré. El cielo tenía un aspecto que, dadas las circunstancias, no resultaba muy atractivo para viajar en avión. Jamás me ha dado miedo el avión, pero si ayer me hubieran dejado embarcar no sé si lo habría hecho.
Aceptamos con resignación lo que no se podía remediar y he de decir que, en lo que a mí respecta, no tengo ninguna queja. En todo caso el que no hubieran cerrado el aeropuerto antes, en lugar de tenernos en la incertidumbre tanto tiempo (al menos los que estábamos allí desde tan temprano). Las maletas salieron enseguida. Las colas para cambiar de billete eran larguísimas, como es de suponer, pero mi compañía aérea, Vueling, iba repartiendo botellines de agua (no sé lo que hicieron las demás). En la cola nadie se quejaba: todo el mundo era consciente de que no había más culpable que el volcán.
Dos horas y media de cola dan para bastante: charlar con desconocidos, hacer amistades fugaces pero intensas en aquellos momentos y, sobre todo, pensar y reflexionar.
¿Qué pensé? Muchas cosas, por ejemplo, que si no se hubieran inventado los aviones no nos habríamos encontrado en aquella situación (jaja, en momentos así o te ríes o te haces el harakiri). La técnica avanza que es una barbaridad, creo que decía una zarzuela que mi padre escuchaba a menudo, pero no tiene en cuenta la Naturaleza. Claro, si el volcán de Islandia, de nombre impronunciable e imposible de recordar para mí, hacía unos 250 años que estaba quieto, ¿quién iba a pensar que un día de abril de 2010 daría señales de vida?
Y yo, en el fondo en el fondo me alegraba un poquitín de que la Naturaleza nos hubiera dado un toque de atención -y sin causar víctimas- para recordarnos su existencia y su poder sobre el hombre y todo lo que la técnica pueda crear.
También pensé que estamos tan acostumbrados a la comodidad que cuando la Naturaleza nos la arrebata nos rebelamos y no recordamos que todo tiene dos caras, como las monedas: ventajas e inconvenientes. Mala suerte si la erupción del volcán te pilló cuando tenías que viajar en avión.
Lo que sí me ha sacado de mis casillas esta mañana ha sido escuchar en la radio la noticia de que las compañías aéreas presionan a los aeropuertos para que abran debido a las grandes pérdidas económicas que este incidente representa para ellas y las nefastas consecuencias que va a tener en la (según dicen) incipiente recuperación de la economía mundial.
Es cierto que esto va a ocurrir. Y ha causado grandes inconvenientes a muchas personas. También ha servido para que algunos hayan hecho un negocio inesperado: los transportes por vía terrestre y los hoteles, por poner un ejemplo. Pero lo que me indigna -y me entristece- es vivir en una sociedad en la que el miedo a las pérdidas económicas prevalece sobre la seguridad de las personas, en la que la vida carece de valor o lo pierde ante el dinero. Me parece que estamos perdiendo el Norte, si no lo hemos perdido ya.
Y sí, más bien soy contraria a la técnica, por mucho que nos facilite la vida.
viernes, 9 de abril de 2010
Sistema escolar ¿catalán? ¿español? ¡Marciano! (con todos mis respetos por los marcianos)
¿¿¿Cómo es posible que pidas plaza escolar para tu hija en un colegio bilingüe y LAICO y al no poder entrar en el que has solicitado porque no hay plazas te la envíen a uno monolingüe y DE CURAS??? No entiendo esta sociedad, este mundo. ¿Es libre una sociedad que no puede elegir dónde y cómo quiere educar a sus hijos, la sociedad del futuro? ¿Es humano hacer esperar a los padres un mes y medio para saber dónde van a "colocar" a su hijo, en la era de la técnica, de la información instantánea, de los robots? ¿Es lógico que sólo puedas acceder a los colegios de tu barrio -con la consiguiente creación de guetos que ello conlleva- y después se pasen por el forro todos los demás criterios?
Repito: no entiendo nada. Y me irrita mucho, por decirlo de forma educada, no entender las cosas.
Repito: no entiendo nada. Y me irrita mucho, por decirlo de forma educada, no entender las cosas.
jueves, 1 de abril de 2010
Dolor (I)
Estoy en la cama. Me despierto. Es hora de levantarse. Voy a darme la vuelta y mi cuerpo no responde. Intento incorporarme. No puedo. Intento encoger las piernas. No puedo. Un instante de pánico. Dos. Respiro hondo. Alargo los brazos, me agarro al borde del colchón y a duras penas me arrastro casi hasta el borde. Vuelvo a intentar levantarme. Imposible. Otro instante de pánico. Otra inspiración profunda. Mi cuerpo está tieso como una tabla de planchar. Pienso. Logro coger el móvil de la mesilla de noche. Llamo a mi vecina amiga, amiga vecina, que vive en el piso de al lado y tiene llave de mi casa. No puedo moverme. No sé lo que me pasa. No te preocupes, ahora voy.
Llega. Levanta la persiana de la habitación. Me ayuda a incorporarme y siento una punzada de dolor como si me pasara la corriente desde la punta del dedo gordo del pie derecho hasta el cerebro, donde se incrusta. Su recuerdo permanecerá allí para siempre. Consigo medio sentarme en el borde de la cama. Imposible levantar el pie para poner una zapatilla. Voy descalza, ayudada por mi vecina amiga y por la pared, hasta el baño. El dolor es insoportable. ¿Insoportable? Lo soporto. Vuelvo al dormitorio y me arrojo en plancha sobre la cama. Completamente tiesa. Bañada en sudor. Conteniendo las lágrimas. Con taquicardia. Jadeando fuerte. Unos instantes. Unos minutos. De nuevo hago uso de la técnica de agarrarme al primer borde de la cama que está a mi alcance para colocarme en una postura digna. Cualquier movimiento me produce una descarga eléctrica de dolor desde la punta del pie hasta la punta de mis cortos cabellos. Mi vecina amiga, mi amiga vecina, me trae una infusión y un yogur. Imposible sentarme en la cama. Imposible incorporarme. Mi cuerpo no quiere doblarse. Difícil, tomarse un yogur tumbada. Pero no imposible. Los líquidos, con una pajita de plástico de esas que se doblan, son fáciles de ingerir. Mi vecina amiga, amiga vecina, tiene que irse a trabajar.
Me quedo sola en casa, en la cama, buscando con temor y lentitud una postura en la que no sienta ese electrizante dolor que ahora me tortura aunque no me mueva. La encuentro. Me quedo en ella. Y empiezo a pensar, a planear la logística.
(Continuará)
Llega. Levanta la persiana de la habitación. Me ayuda a incorporarme y siento una punzada de dolor como si me pasara la corriente desde la punta del dedo gordo del pie derecho hasta el cerebro, donde se incrusta. Su recuerdo permanecerá allí para siempre. Consigo medio sentarme en el borde de la cama. Imposible levantar el pie para poner una zapatilla. Voy descalza, ayudada por mi vecina amiga y por la pared, hasta el baño. El dolor es insoportable. ¿Insoportable? Lo soporto. Vuelvo al dormitorio y me arrojo en plancha sobre la cama. Completamente tiesa. Bañada en sudor. Conteniendo las lágrimas. Con taquicardia. Jadeando fuerte. Unos instantes. Unos minutos. De nuevo hago uso de la técnica de agarrarme al primer borde de la cama que está a mi alcance para colocarme en una postura digna. Cualquier movimiento me produce una descarga eléctrica de dolor desde la punta del pie hasta la punta de mis cortos cabellos. Mi vecina amiga, mi amiga vecina, me trae una infusión y un yogur. Imposible sentarme en la cama. Imposible incorporarme. Mi cuerpo no quiere doblarse. Difícil, tomarse un yogur tumbada. Pero no imposible. Los líquidos, con una pajita de plástico de esas que se doblan, son fáciles de ingerir. Mi vecina amiga, amiga vecina, tiene que irse a trabajar.
Me quedo sola en casa, en la cama, buscando con temor y lentitud una postura en la que no sienta ese electrizante dolor que ahora me tortura aunque no me mueva. La encuentro. Me quedo en ella. Y empiezo a pensar, a planear la logística.
(Continuará)
sábado, 13 de marzo de 2010
La caja de novia de la bisabuela
Una tarde de nostalgia abro la caja de novia de mi bisabuela o tal vez de mi tatarabuela, en la que guardo algunos restos de lo que por aquellas épocas fuera lo que se llama -o llamaba- una familia rica de pueblo. No había tocado su contenido desde el día en que llegó a casa, vacía, y la llené con lo que estaba en las cajas de cartón que la acompañaban. Con prisas. Con descuido. Con vergüenza casi. Con el pensamiento en otro sitio. Como si fueran objetos robados.
A veces la abría y miraba su contenido. Pero no tocaba nada. Sentía una especie de pudor, como si atisbara en caja ajena. Sabía que allí había sábanas de hilo con iniciales bordadas y hermosos encajes, camisones de hilo con adornos parecidos, toallas y enormes manteles de hilo adamascado...
Cuando por fin vencí ese pudor, vi maravillas, como Howard Carter dijo al ver el tesoro de la tumba de Tutankhamón a través de un pequeño boquete en la pared y alumbrando con una vela. Auténticas maravillas de tela y encajes: impecables, envuelta en papel de celofán cada pieza, sin estrenar. Iniciales diferentes. Algunas de ellas, grandes letras de complicados diseños y con florituras tan elaboradas que casi impiden reconocerlas, dibujadas y a medio bordar. ¿Qué ocurrió para que no se terminara la labor?¿Murió la persona que la hacía? ¿Se cansó de ella? ¿Tuvo que hacerse cargo de otras obligaciones y el bordado pasó al olvido? ¿Por qué está todo sin estrenar? ¿Tanto tenían que no vivieron lo suficiente para gastarlo? ¿O no lo usaban porque era demasiado valioso y bello?
Demasiadas preguntas que jamás tendrán respuesta.
Trato de imaginarme a aquellas mujeres: cómo vivían, qué sentían, con qué se emocionaban, con qué se airaban, para las que se confeccionaron estas piezas (seguramente ellas mismas lo hicieron) que han ido pasando de generación en generación y finalmente han llegado hasta mí. Ahora el pudor del principio se ha convertido en amor por esas antepasadas mías a las que no conocí, salvo mi madre. Les doy las gracias por haberme dado parte de la sangre que llevo en mis venas y por esos maravillosos camisones y sábanas de hilo, entre las que duermo feliz por el agradable tacto de ese tejido y por el cariño y la protección que percibo que desprenden y que me envuelven, como si mi bisabuela, mi abuela y mi madre me arroparan con aquellas sábanas que ellas no pudieron o no quisieron utilizar. Como si las hubieran guardado para mí. Para que les rinda homenaje. Para que las recuerde y las ame. Y detrás de mí van otras dos generaciones de mujeres que todavía podrán disfrutar de este precioso legado de sus antepasadas, entre las que algún día también yo me encontraré.
A veces la abría y miraba su contenido. Pero no tocaba nada. Sentía una especie de pudor, como si atisbara en caja ajena. Sabía que allí había sábanas de hilo con iniciales bordadas y hermosos encajes, camisones de hilo con adornos parecidos, toallas y enormes manteles de hilo adamascado...
Cuando por fin vencí ese pudor, vi maravillas, como Howard Carter dijo al ver el tesoro de la tumba de Tutankhamón a través de un pequeño boquete en la pared y alumbrando con una vela. Auténticas maravillas de tela y encajes: impecables, envuelta en papel de celofán cada pieza, sin estrenar. Iniciales diferentes. Algunas de ellas, grandes letras de complicados diseños y con florituras tan elaboradas que casi impiden reconocerlas, dibujadas y a medio bordar. ¿Qué ocurrió para que no se terminara la labor?¿Murió la persona que la hacía? ¿Se cansó de ella? ¿Tuvo que hacerse cargo de otras obligaciones y el bordado pasó al olvido? ¿Por qué está todo sin estrenar? ¿Tanto tenían que no vivieron lo suficiente para gastarlo? ¿O no lo usaban porque era demasiado valioso y bello?
Demasiadas preguntas que jamás tendrán respuesta.
Trato de imaginarme a aquellas mujeres: cómo vivían, qué sentían, con qué se emocionaban, con qué se airaban, para las que se confeccionaron estas piezas (seguramente ellas mismas lo hicieron) que han ido pasando de generación en generación y finalmente han llegado hasta mí. Ahora el pudor del principio se ha convertido en amor por esas antepasadas mías a las que no conocí, salvo mi madre. Les doy las gracias por haberme dado parte de la sangre que llevo en mis venas y por esos maravillosos camisones y sábanas de hilo, entre las que duermo feliz por el agradable tacto de ese tejido y por el cariño y la protección que percibo que desprenden y que me envuelven, como si mi bisabuela, mi abuela y mi madre me arroparan con aquellas sábanas que ellas no pudieron o no quisieron utilizar. Como si las hubieran guardado para mí. Para que les rinda homenaje. Para que las recuerde y las ame. Y detrás de mí van otras dos generaciones de mujeres que todavía podrán disfrutar de este precioso legado de sus antepasadas, entre las que algún día también yo me encontraré.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
